Paca, la chocolatera, apareció durante la siesta. Paca, la siempre oportuna Paca.
La comida había sido opípara, Marusa, la cocinera, dice que me ve flaca, mejor dicho decía, que ya decir, no me dice nada. Ni corta ni perezosa se puso manos a la obra a pelar y a meter en salsa las cuatro liebres y las dos codornices que Sebastián, que iba de primeras, acertó a cazar en el coto de la prima Maria Angustias.
Real y sinceramente, a mí las liebres no me gustaron nada de nada, y envié a Sebas como avanzadilla para decirle a Marusa que si piensa enviarnos a la funeraria, que lo haga rápido por aquello del qué dirán, que el color verde morado sabor a muerto no me gusta nada.
A la Marusa no le hizo ni pizquita de gracia. Vino a la mesa, recogió los platos mirando al firmamento, hizo un cuarto de vuelta así como de soldado raso tendente a coronel, y enfiló su caminar hasta la puerta de entrada a su amantísima cuece caldos. Qué genios!
La historia de Paca viene mañana.
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Escribo sin mayores pretensiones, las cartas van dirigidas a una mujer real, las musas etéreas dejémoslas a otros.
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